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La libertad de expresión, en vilo

Ya no hay dudas de que Rusia ayudó a Trump a ganar, ahora lo que se ignora es desde cuándo y de qué tamaño son las relaciones y compromisos con Putin.

Juan María Naveja

El Economista


Que Donald Trump calificara a los medios de comunicación como el enemigo del pueblo fue la gota que derramó el vaso para que 350 medios de todo Estados Unidos fijaran posición y respondieran al mandatario, que ha encontrado en sus ataques a medios y periodistas la válvula de escape de las acusaciones por sus presuntos vínculos con Rusia y su probable injerencia en la investigación para determinar si hubo colusión entre su campaña presidencial y las acciones de Putin y sus agentes.

Cuando una noticia no le gusta, Trump la desacredita y se victimiza. Cuando alguien lo exhibe responde con insultos como: perra, rata, pequeño, tonto indecente y otros. Un recuento del diario The Washington Post revela que el presidente ha proferido más de 4,200 mentiras en menos de dos años de gobierno, en los últimos dos meses ha mentido al ritmo de 16 falsedades por día.

Habrá quien diga que allá Estados Unidos y su presidente, pero no es así; la libertad de expresión y medios como Times, Post, CNN, ABC, NBC y otros han sido vistos como referentes del periodismo y su país como modelo de respeto a la libertad de expresión.

Y nos debe importar a todos porque los riesgos para los periodistas en todo el mundo van al alza; apenas hace unas semanas cinco personas murieron en un asalto en las instalaciones del Capital Gazette de Maryland.

La iniciativa de The Boston Globe de la semana pasada no buscaba impunidad, ni privilegios para la prensa, sólo respeto a la libertad de expresión.

Ya no hay dudas de que Rusia ayudó a Trump a ganar, ahora lo que se ignora es desde cuándo y de qué tamaño son las relaciones y compromisos del presidente de EU con Putin y esa es la tarea del fiscal especial, a quien amenazan con destituir y a diario le ponen piedras en el camino, una historia muy, pero muy parecida a Watergate.

Por lo que a nosotros respecta, estorba que el presidente electo reparta notas de buena conducta a los reporteros; que él haga su trabajo y los medios y sus representantes el suyo, que por cierto, bien realizado está en las antípodas.

¿Cuál fue el acuerdo?
A mí, más que conocer el acuerdo entre Andrés Manuel López Obrador y Elba Esther, me gustaría conocer los detalles del acuerdo entre Enrique Peña Nieto y AMLO, tras lo que vimos en la campaña presidencial.

Ausencia de protocolo
¿Desde cuándo el Estado Mayor dejó de controlar el protocolo del presidente Peña Nieto? Como es sabido, en los actos públicos el cierre corresponde a la máxima autoridad presente, el lunes López Obrador concluyó los discursos.

El debilitamiento de Peña Nieto es evidente, pero por lo menos guarden las formas. Nunca, nunca, habíamos visto un presidente sufriendo el cargo, urgido de que termine el sexenio.

El buen político ejerce y disfruta el poder hasta el último minuto, inclusive lo extraña cuando ya no lo tiene.

Lo dicho: a Peña Nieto le urge irse y a Andrés Manuel López Obrador llegar.

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