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Rébsamen: dolor, mezquindad, heroísmo y solidaridad

Carlos Ornelas

Excélsior


En el lado opuesto de las terribles desgracias y derrumbes, los terremotos elevaron la moral pública. El Cielito Lindo provocaba lágrimas, pero ensalzaba los ánimos. Cientos murieron, miles de heridos y alrededor de un millón de damnificados. México siente el dolor en el mes patrio.

En el sector de la educación se perdieron vidas, alumnos y maestros lastimados, edificios derruidos y más de siete mil planteles con daños, unos severos, otros menores. Todo lo que pasó en calles y escuelas nos aflige. Acaso el drama del Colegio Rébsamen sintetice el dolor de familias y sociedad.

Niños y docentes muertos, madres y padres llorando, confusión y caos. Escenas terribles que circulaban por las redes, angustia que se veía y escuchaba en los videos: la desesperación de voluntarios por no poder más, las lágrimas de un hombre por un niño herido que tenía en brazos mientras que no sabía de su propia hija. El pesar de madres, padres, maestras y voluntarios que hacían hasta lo imposible por salvar una vida más o rescatar el cuerpo de algún infante. ¡Escenas de sufrimiento y contrición!

Y, en medio del suplicio, la mezquindad de unos aflora. Un pobre diablo, acaso con denuedo y de manera espontánea, creó un cuento que despertó entusiasmo y esperanza. “La niña Frida Sofía estaba viva y pedía ayuda”. “Houston” o “Jorge”, de complexión delgada, era el único que podría pasar por las pequeñas cavidades entre los escombros. Su afán protagónico le ganó. Las redes se poblaron de ruegos y mantras. Pero Frida Sofía no existió. La jácara metió en un brete a la Secretaría de Marina que culpa no tenía. Las crónicas de mis compañeros Wendy Roa y Pancho Garfias en estas páginas dan cuenta de la expectativa que generó un fantasma que remató en sordidez.

La mezquindad de la partidocracia e instituciones que viven del presupuesto para —se supone— fortalecer la democracia brotó junto con su silencio y reacciones tardías. ¡Ni un centavo público más a los partidos políticos! Es el clamor popular.

De otro tipo de indecencia sabremos más adelante. Acaso alguien recibió mordidas para aprobar una edificación que no cumplía con los requerimientos mínimos, o el constructor falseó, o la propietaria ni siquiera pidió licencia para erigir su vivienda sobre la escuela. Padres, madres y la sociedad exigen transparencia. ¡La mentira no pasará!

En el otro extremo, afloró lo más valioso de este nuestro México: la conjunción de voluntades ante la desgracia. Jóvenes y viejos, hombres y mujeres, pobres y clasemedieros, millennials y chavos banda, soldados, marinos, policías y hasta vagabundos hombro con hombro en las tareas de rescate. Todos tratando de ayudar. Escenas de heroísmo que estremecen al más templado. Un hombre que rescata a una niña, otro que de entre los escombros toma de las axilas a un pequeño que no deja de llorar. Otro que con teléfono en mano toma un video de la desventura, coordina tareas y grita que se apuren a salir porque se escapa el gas. Otros, horas más tarde, que el cansancio no los abruma y tras un trago de agua a seguir en la brega para hacer más. Y Frida —ésta sí de a de veras— Lucas y Pánuco, perritos héroes.

La solidaridad de los mexicanos germina en la desdicha, mitiga el egoísmo y nos une en propósitos. De otras latitudes las muestras de concordia llegan por voz de sus gobernantes y mensajes de gente común que siente como suyo nuestro dolor. Ese tipo de emociones no aparece en ningún currículo del mundo, pero es parte de esta humanidad.

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